sábado, 10 de diciembre de 2011

El secuestro de Nivaldo (II)

Después de una buena temporada bastante agitada y con extrañísimas pesadillas, pasé una segunda noche tranquila, inserso en un sugerente sueño en el que mi persona tratábase de un distinguido percebe; no es que el sueño tuviera demasiada acción, en realidad ni me moví de mi centímetro cuadrado de la batea, pero qué sé yo, pese a que hablamos tirando a poco, fue agradable la compañía de un trío de mejillones que formaban una compañía de mimos que hablaban en catalán y de alguna lapa que se paseaba en ropa interior con cierto descaro. Comenzaba el sueño a perder mesura cuando divisamos a lo lejos el inconfundible barco de los hombres de Pescanova; pero poco duró la inquietud, ya que despertome la Curri con varias sonoras bofetadas. Y claro, como es zurda de mano, mi lado enfermo de la cara llevose la peor parte. A tal demostración de profesional proceder, le siguió un nuevo banderillazo en la axila. Deduje que, dado que sólo me trataba con la Curri, había dormido casi veinte horas.

La mandíbula me dolía horrores, estaba mareado y confundido. Enseguida me vino a la mente el preocupante asunto de mi muela atascada. Intenté abrir la portezuela, primero con la lengua y después con los dedos, intentando manejarme con rapidez antes de que la enfermera volviera para proceder a la retirada del barómetro. En vano. Seguía completamente atascada, incluso daba la impresión de que se encontraba desencajada de su marco, ya que ni siquiera podía palpar el quicio con nitidez. Pensé que tal vez con unos alicates tendría alguna posibilidad, al menos para proceder al forzado de la puerta y al vaciado de la medicación que albergaba, pero la sola idea de tener que negociar con la Curri, acentuó mis dolores y deseché provisionalmente el proyecto. Tragué sin remedio la botica, que consistía en treinta y dos cuerpos extraños, divididos en lotes de a tres, a razón de ocho por lote, perfectamente computarizados. Menuda es la Curri para estas cosas. Supuse que tamaña sobredosis tenía como objeto despertarme del todo y devolverme la lucidez, contrarrestando así la que por la noche me administraron para que durmiera como un ligón. Nada más lejos que la realidad. Fue tragar, ponerme el embudo la Curri para meterme el Eco con leche hirviendo y, tras aullar por onésima vez merced a las quemaduras de tercer grado perpetradas en mi sarcófago, caer dormido si llegar a atar lazos acerca de todo lo acontecido los dos últimos días, salvo el vigoroso convencimiento de que estos cabrones no pretendían otra cosa que minar mi lucidez.

A eso de mediodía bastaron un par de mamporros para espabilarme –ya mi mandíbula ni sentía ni padecía-. La Curri venía esta vez con la doctora María de los Delirios Exógena. La colegiala me puso al corriente del episodio de mi feroz ataque a Vacinillas –que, objetivamente, considero yo más bien legítima defensa-, relatándolo con todo flujo de detalles. Tratome con suma delicadeza, intercalando algún capón de considerable consistencia de cuando en cuando, bien con el noble fin de mantenerme despierto, bien porque doctora y enfermero son primos segundos, y aunque en Valladolid decimos que parientes y trastos viejos, pocos y lejos, en Burgos -tierra de la que ambos funcionarios son indígenas- rebaten que de mala sangre, malas morcillas. La segunda parte de nuestra entrevista tuvo un carácter meramente terapéutico, interesándose María de los Delirios por mis pensamientos durante el suceso, a lo que, no recordando nada en absoluto de lo acontecido, respondí con uno de mis brillantes recursos, el recitado vehemente del Romance de la loba parda, que si bien nunca viene al caso, al menos enriquece y da esplendor a nuestra denostada lengua, tomando distancia con anglicismos, tecnicismos, lenguajes sms y demás impurezas que amenazan a esta vasija que cuida y da forma a nuestros pensamientos:

- Estando yo en mi choza, pintando la mi cayada, vi bajar siete lobos por una obscura cañada y…

En ese instante la doctora me arreó un capón sensiblemente más recio que los anteriores, supongo que con el objeto de interrumpir mi recital, lo que advertí con disimulado enojo, pero callé prudentemente en horas de mi integridad física, ya visiblemente deteriorada. Antes de marcharse a aporrear otra testa, María de los Delirios púsome al corriente de la situación de Incapacidad Laboral Transitoria de Vacinillas, informándome de que el nuevo enfermero-jefe en funciones sería el ATS de segunda Juanjo Díaz, otrora director deportivo de algunos clubes de fútbol de postín, rogándome el máximo respeto y la abstención de nuevos episodios psicóticos por mi parte, con el sencillo proceder de que me pensara las cosas dos veces antes de llegar a los dientes, lo cuál me dejó bastante desconcertado, puesto que a lo largo de mi carrera, tanto terapéutica como delictiva, jamás me había yo conducido en esos cauces.

Una vez redomado a planta común, los pobres dementes de mis compañeros -conscientes de mi hazaña y agradecidos por la eliminación transistoria de Vacinillas- recibieronme entre vivas, el consiguiente manteo y los perrillos hacia mi persona, derivando las muestras de afecto en una guerra de almohadas, batallas de duelo con tubos fluorescentes y lanzamiento de patas de cama; caos y zapatiesta que, no pudiendo sofocar la seguridad privada del centro –con varios heridos de bala en sus filas-, hubo de ser neutralizado por las Fuerzas Especiales de la Seguridad del Estado, con el bagaje de trienta y seis detenidos, catorce desaparecidos y ciento veintisiete heridos de diversa consideración, entre ambas partes.

Aunque sentí bastante alivio al salir de la Unidad de Atados, lo cierto es que seguía yo bastante amodorrado y apenas celebré la vuelta a mi acogedora celda, ocupado en disquisiciones vagas y en razonamientos de índole cartesiano, que lejos de sacarme de mi aturdimiento, me enredaban el discurrir del pensamiento más aún. Consolome el hecho de que el nuevo enfermero-jefe estuviera de noche aquella misma tarde, ya que mi relación con este funcionario podía calificarse de excelente, incluso con numerosas transacciones comerciales: yo le procuraba níscalos de primera -de los que a su vez me proveía el Úlcera, procedentes de la verdulería de su señora-, le pasaba vigorosos informes acerca de los jugadores de nuestra Liga Vesánica –consistente en una doble eliminatoria a partido único entre el Bonito y el Doctor Villacián- que le servían para colocar a varios muchachos en Tercera Regional y sacarse unas calillas, así como hilo de cobre, preciado material en la chatarrerías, que me procuraba yo algunas noches: aprovechando que el turno de enfermería roncaba a pierna suelta, en un pis-pas cortaba los plomos y desmontaba todo el tendido eléctrico de la planta, previo demolido de las rozas que lo ubicaban. Asimismo, Díaz me correspondía con pequeñas triquiñuelas, como el cambiazo del Eco por Nescafé Classic en el desayuno, lotes de pañales con los que yo compensaba al Úlcera sus atenciones –ya que su señora sufre de inconvivencia urinaria-, garrafillas de alcohol sanitario -bien para mezclar con casera-cola, bien para rellenar la bota y pasar la compota de la cena- o informes secretos de un tal Cidoncha o un tal Chumilla, que, si bien yo no los encontraba utilidad alguna, Díaz me los pasaba con cierta emoción, sin duda recuerdo de alguno de sus palos históricos a algún club de campanillas.

Esa misma tarde, Díaz entró entre la algarabía de los pocos internos que quedaban en el centro, estado anímico de efímera presencia, pues el nuevo enfermero-jefe parecía haber calcado cada peculiaridad de Vacinillas hasta hacerla suya, lo que nos hizo intuir que ya se le había subido el cargo a la cabeza. Aun así, y con el no ya en mi bolsillo, decidí abordarle con el fin de solucionar el embarazado asunto de mi muela. Tras felicitarle por su ascenso y mostrarle mi ánimo y disposición para venideras y fructíferas colaboraciones, al tiempo que advertí que me miraba con manifiesta desconfianza, le pedí el objeto de mis deseos con suma prudencia:

- Díaz, con los debidos respetos y a los pies de su señora, puedo rogarle y le ruego, sin más preámbulo y seguro de su atención para conmigo, como atesora nuestra –para ambas partes- facunda colaboración durante este tiempo y quizá abusando de su contrastada paciencia para los pobres sonados como nosotros, que como bien sabe, estamos de los nervios y nuestros comportamientos son impredecibles, dada la perturbación de origen químico o, según qué facultativo, de origen socio-familiar que padecemos, somos conscientes de que tristen en de pedir, pero más tristen en de robar, y apelando al sentido común que conservan intacto ustedes los cuerdos, más aún en su caso, cuya intachable trayectoria como Director Deportivo y posteriormente como ATS de segunda, aun consciente de las reticencias que le pudiera ocasionar lo que, en cierto sentido y depende si se mira desde uno u otro lado de los que marca la sutil y en ocasiones, turbia línea que separa lo lícito de lo ilícito, cuya negativa comprendería y, es más, incluso aplaudiría, pese a no compartirla en lo que puede afectarme personalmente y teniendo en cuenta que…

- Al grano, Bisojo, que tengo faena –me interrumpió Diáz.

- Pues verá, jefe, que me vendrían de miedo unos alicates, resulta que tengo una chapuza que me urge y…

- A ver cómo te lo explico –volvió a interrumpirme-. Antes como antes, y ahora como ahora. Y a buen entendedor…

Claro que entendí. Si bien soy consciente de que fui diagnosticado de perturbado desde antes de tener uso de razón –cualidad a la que nunca accedí por completo-, además de estrábico y delincuente común, también lo soy de que de tonto no tengo ni un pelo, así que tras llegar a la conclusión de que para conocer a Juanillo, dale un carguillo, y arrepintiéndome de tanto respeto y tanto baño caliente anteriormente utilizado, miré a ambos lados a la vez, cualidad que sólo los bizcos con pedigrí poseemos, y no viendo mortal alguno –la tangana había dejado la planta como un solar-, abalanceme directo al cuello de Díaz. Una vez en el suelo y en la posición del misionero, iba a amenazarle según mi estilo, pero como quiera que cuando entro en este estado no soy capaz de prodigarme en palabras, debido a mi baba común, que mana rodeada de espuma y mucosidades varias, todo este material iba cayendo sobre la cara del enfermero-jefe, provocándole sonoras arcadas, carencias respiratorias y enrojecimiento facial, de modo que mientras yo trataba de articular palabra entre tanto contratiempo corporal, Díaz, en medio de su ahogo cantó con vocecilla de caniche:

- Tercer cajón, al lado de las sopas de letras.

Pillé los alicates con el pecho henchido y esa satisfacción que sólo da el trabajo bien hecho, así como una grapadora por si tenía que darme algún punto de supura y un juego de rotuladores Posca, para tunearme las bambas en cuanto tuviera un rato. Justo en ese instante, cuando cerraba el cajón, sonó el timbre. Miré a Díaz con el ojo izquierdo, el pobre estaba tratando de recuperarse del percance, con los ojos aún colorados y el uniforme empapado de fluidos y la verdad, me sentí un poco culpable, así que me puse a hacer las veces de enfermero-jefe en lo que Juanjo volvía en sí, con el objeto de compensarle un poco. Contesté desde el interfono - intentando ganar tiempo-, a la manera de los enfermeros en jefe:

- ¿Ande va usté?

-Seguridad. Traemos a un paciente.

- La contraseña.

- ¿Cómo dice?

- ¿Cómo se limpia la cola el cocodrilo del Nilo?

- Oiga, que tenemos trabajo y este señor está muy altercado.

- Pues mire usté –continué, en lo que Díaz se cambiaba el batín- yo no dejo de ser un mandao y aunque carezco de uniforme y autoridad, resulta que tengo la sartén por el mando, y como gallo que no canta, algo tiene en la garganta, pues tengo aquí un libro de autoayuda, un Quiz edición de luxe sin estrenar y un juego de precisión para cortarme las cutículas, además de toda la tarde para abrir la puerta y si no hay contraseña, pues no hay puerta que valga y como el talento no consiste en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar, pues…

En ese momento Díaz me soltó una patada en el trasero que, la verdad, me sentó bastante mal, teniendo en cuenta mi proceder acorde a su propio beneficio, que a mí esto ni me iba ni me venía, echándome del cuadrilátero sin contemplaciones y diciéndome que ya hablaríamos del incidente de los alicates. El hombre abrió muy azorado, momento en el que los vigilantes entraron mirando de forma extraña a Díaz y con un tipo entre los brazos, más otro, supuestamente cuerdo, que portaba unos bultos a modo de equipaje. Ambas caras me sonaban. El presunto enfermo entró como los grandes, dando unas voces terribles y por lo monotemático de sus alaridos, así como por su indumentaria, enseguida me percaté de que se trataba bien de un obseso incurable, bien de un farsante de mucho cuidado:

- ¡Cabrones! ¿Pero acaso no cobráis? ¿Se os debe algo? ¡Que estáis jugando con el pan de mis… de los hijos del personal de limpieza! ¿Es que no tenéis corazón? ¡Cabrones! Ahora, antes del 30 junio aquí nadie se va de vacaciones –vociferaba apuntando al tuecho con el índice-, ¡cabrones! ¡Cría cuervos! ¡Y al que Dios no le dio hijos, el diablo le dio sobrinos!

Era un tipo altísimo y rubio, en medio de la bronca sus ojos buscaban otros ojos de complicidad y encontrábanse sólo los míos, que estando en el estado en el que están no crean sino desconcierto y más aún si, como era el caso, los clavo en los del otro fijamente. Traía una camiseta algo sudadilla y, dada su estatura, la longitud se sus pasos, la caída de sus hombros, esos dedos como marcando jugada y la sensación de fatiga que producen los deportes de interior, deduje que se acababa de echar un partidillo de baloncesto, aunque también ayudó a mi sagaz razonamiento el hecho de que la camiseta fuera de tirantes y en ella rezara: Guantánamo Basket. Vestía también pantalones cortos y calzaba unas chancletillas de esas de ducharse en vestuarios comunes. El caso es que su cara me resultaba familiar. Díaz acompañó a los agentes a la Unidad de Atados y el otro, un tipo bajito, fibroso, rubio y algo pálido, llevó los bultos a la celda del nuevo interno. También llevaba indumentaria deportiva, lo que me hizo pensar que tal vez se tratara de una epidemia. Deshacía las maletas con celoso cuidado, sólo interrumpiéndose de cuándo en cuándo para hacerse un par de abdominales. El equipaje comprendía un bonito repertorio de trajes Cortefiel, un variado elenco de slips de seda tailandesa y un kit de belleza para hombre Guest, que el rubio iba colocando con mimo en un maletín para hombre Prada, Colección Primavera-Verano 2010. Picábame la curiosidad, así que decidí entrarle, dando uno de esos rodeos tan míos, y con las pistas acerca de su personalidad cuyos rizos dorados me sugerían, con palmas y cantando por Los Chichos:

- Ni más, ni menos…
Porque tú te ves bonita, tú te pones orgullosa,
ni más, ni menos, ni más, ni menos.
más bonitas son las rosas, viene el tiempo y las marchita.
viene el tiempo y las marchita, la hermosura es poca cosa,
ni más, ni menos, ni más, ni menos.
porque tú te ves bonita, tú te pones orgullosa.
Vente misiana juana, vente misiana, misiana juana,
vente misiana, misiana juana, que yo te quiero…


El tipo me miró varias veces de reojo, sin abrir la boca y con leves alzados de ceja, lo que me llevó a deducir que me estaba tomando por loco. Viendo mi escaso éxito, opté por ir al grano:

- Bueno, ¿y qué?, ¿quién es el palomo?

El ricitos, tras unos segundos dubitativos, respondió:

- Don Carlos Suárez Sureda.

Me quedé unos tres minutos en disposición de recordar, inmóvil y babeando como un neonato. El rizos debió acomodarse con mi estado y trató de ser amable:

- Una persona respetable y cabal, pero ya se sabe que la primavera la sangre altera y…

En ese momento me emocioné con estas cosas del refranero popular castellano, cuidadosa vasija que atesora y da forma a nuestra denodada lengua, cuyo cuidado y lustre nos corresponde a todos aquellos que hacemos uso de ella, bien con fines lícitos, bien con segundas intenciones, ora por ornamentar nuestro discurso, ora por salir del paso y… bueno, que salí al quite de inmediato, seguro de nuestra coincidencia de padeceres:

- Abril abrilero, cada tarde dos aguaceros y todos los días gallina, amarga la cocina y galgo que vuela a la cazuela y…

De pronto, justo al pronunciar "galgo" y sin terminar su tarea, el rizos me miró con cara de espanto y presa del pánico huyó hacia la salida aullando como -precisamente- un galgo y, aprovechando que en ese momento entraba la ayudante con el carro de la merienda, escabullose por una minúscula rendija. ¿Qué le dije? No entendía ni torta de lo que estaba pasando, me dolía la mandíbula y la medicación me tenía aturdido. Viendo los alicates en mi mano, recordé que tenía tarea. Me metí el Eco al sarcófago –el borde de Díaz ni me dio el cambiazo por Nescafé, después de haberme sacrificado por él- y me fui a mi celda a tratar de desatascar mi muela.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El secuestro de Nivaldo (I)

Si el enfermero en jefe Vacinillas sospechara que tras la portezuela de mi falsa muela del juicio oculto deliberadamente cada cápsula que pretenden que me embuche, desde luego tomaría más precauciones a la hora de hacerme la puñeta. Pero hay que ver qué malas son las endivias. Dado mi carácter jovial y lisonjero, mi estilo lúcido y sagaz, así como mis hazañas y correidurías fuera del centro, se hace inevitable mi éxito entre las internas. Ayuda mi experiencia, mi capacidad de liderazgo, mi saber estar en los pasillos y sobre todo, esta prestancia que me otorga mi pijama con el Águila de San Juan bordado en el pecho que me regaló el padre Esguevillas cuando le dieron el alta, que era toda una eminencia en el arte de embaucar a púberes jovenzuelos perturbados. Vacinillas, en cambio, sólo posee la jerarquía que le otorga su cargo, escasa alforja para tanto mulo, de lo que se deduce que cada acercamiento a una interna cuéntase por un fracaso -y muy a menudo por su correlativo tortazo-, pues no inspira otra cosa que grima, desconfianza y rechazo. Y el pobre, incapaz de comprender que no es lo mismo estar trastornada que ser imbécil, no asume mi manifiesta superioridad y se deja corroer por los traicioneros celos.

Acababa de aterrizar la primavera, cantaban ya las ranas, los chopos estaban ya en flor y sentíame yo inusualmente inquieto. La vigilancia a la que me sometía Vacinillas se me antojaba excesiva. Esto me llevaba a sospechar que, bien el enfermero en jefe tenía orden de neutralizar una nueva hipotética fuga, bien el pobre funcionario padecía un nuevo brote psicótico, dado su carácter ciclotímico. El caso es que el hombre no me dejaba vivir.

Una agradable tarde de abril, estaba yo alerta como la coturnix coturnix en agosto, como si intuyera una inminente aventura en mi, de por sí, ajetreada vida. Me había apretado once cubatas de alcohol sanitario mezclado con las dos latas de casera-cola light que me trajo el Úlcera por la mañana y jugaba animosamente con otros treinta y tres compañeros a La Oca. Como quiera que el turno para tirar los dados era lo más parecido a un gallinero revuelto y además había yo caído en el pozo, llevaba ya más tres horas sin tirar y una melopea considerable. Decidí salir al pasillo a estirar las canillas, siempre bajo la atenta mirada de Vacinillas, que estaba de noche aquella tarde. De pronto, se escuchó el timbrazo y el enfermero en jefe abrió desde su cuadrilátero.

Desde el momento en el que entró, Vacinillas no dio pie con cola. Vaya nervios que se le pusieron. Era una jovencita de muy buen ver, quizá demasiado madura y exuberante para mi gusto. Su ropa era ajustada, iba cuidadosamente maquillada y calzaba tacones de aguja. El fino perfume se escuchaba con nitidez desde mi baldosa móvil. A pesar de mi beodo estado, enseguida me percaté de que no era una de esas señoras monja que llegan al hospital de acuerdo al convenio del Bonito Money con la Santa Sede, que data del año 1958 y que se firmó con la solemnidad que dicho acontecimiento requiere, a saber: buena mesa, colosal tinto, barajas nuevas para evitar suspicacias, generosa cohorte de púberes monaguillos en pelotas y... bueno, al grano. El caso es que yo, estando animado como estaba, y más con la intención de fastidiar a Vacinillas que de molestar a la pobre mujer, que, vaya usted a saber qué patología le había traído a este edificio arrehojado, decidí sacar mis flotes seductoras. Con sumo cuidado procedí al limpiado exhaustivo de mi baba común -detalle que el pobre diablo de Vacinillas no tuvo en cuenta para sí mismo-, así como al arrancado manual y sin anestesia de los pelillos que me sobresalían de la tocha, tal y como aconseja don Fernando Sánchez Dragó en el Ars Amandi. Una vez adecentado y procurando mantenerme en pie, acerqueme a la señora con el firme propósito de besarle un muslo, que, envalentonado como estaba, me parecía menos cursi que hacerlo en la mano. Justo cuando iba a ello, noté un cierto vahído, sin duda consecuencia de la dudosa calidad de las casera-colas, probablemente caducadas, que el Úlcera habría levantado de a saber qué ultramarino. Tal fue la suerte, que el vahído derivó en un resbalón, y éste, en inmediata caída de bruces y con los labios en ademán de besar, justo en la entrepierna del enfermero en jefe. Bien sea porque esa tarde Vacinillas estaba algo altercado -el turno de noche es criminal para el sentido del humor-, bien por la manía que me inquina, lejos de tomar el incidente como una simpática anécdota, me atizó un manotazo con su rodilla izquierda que alcanzó de lleno mi mandíbula superior derecha, perdiendo yo instantáneamente el escaso conocimiento que en ese momento conservaba.

Desperteme, varias horas después al parecer, en la Unidad de Atados, con el palmito dolorido y completamente inmovilizado. Me dolía más la cara que los pies de buscar novia, no podía ni rascarme la cerilla de las orejas y mi desazón iba in creciendo. Sabría al día siguiente, por medio de la doctora María de los Delirios Exógena, que en medio de la enajenación en la que me soterró el golpe de Vacinillas, aliñado con las consumiciones que yo me había procurado y, con estos piños tan afilados, heredados de mi tío-bisabuelo de origen balcánico, el célebre e incomprendido Conde Crápula, habíame yo lanzado a la napia del enfermero, mordiendo con la saña propia de mi perturbado estado pasajero y con la abundante espuma que mi boca desprendía -fruto seco también de dicho episodio de demencia- el portentoso apéndice nasal del funcionario, lo que le había conminado en varios puntos de supura y la ulterior baja médica.

Dada mi momentánea ignorancia en ese momento, no alcanzaba yo a comprender el por qué de mis ataduras. Incrédulo pero voluntarioso, comencé a gemir lastimosamente, con la esperanza de que la enfermera de turno oyera mis súplicas y se apiadara de mi pobre estado. Mis esperanzas se fueron inmediatamente al garaje, cuando por la sala asomó el rostro estreñido de la enfermera Curri Mojama, que haciendo caso omiso del muro de mis lamentaciones, clavome el barómetro en la axila, atravesando la camisa de fuerza tal y cómo el cuchillo hace con la mantequilla.

Percateme enseguida de que con la Curri no valían arrestos emocionales, así que, cambiando de táctica, me lancé de inmediato a la suerte del soborno, única lengua con la capacidad de hacer dialogar a un hueso duro como la arisca enfermera. Comencé ofreciéndole una estampita del Niño Jesús con el uniforme del Europa Delicias, impreso en el año 1968, a lo que sobrevino un breve silencio, seguido de un bofetón a mano abierta en mi dolorida mandíbula. Comprendí, entre lamentos de dolor, que mi oferta le había parecido insultante. Resuelto yo ya a mi resignación, decidí retirarme del sufragio transversal. Pero si algo caracteriza a Curri Mojama, amén de su sequedad y escasa delicadeza tanto en el aseo como en el trato personal, es su tenacidad, y una vez entrada en materia, jamás estaría dispuesta a abandonar, así que reaccionó fiel a su estilo rudo y directo, situando el dial del transistor en Radio Intereconomía y poniendo al volumen al nueve, lo que me obligaba a mover ficha de inmediato o de lo contrario, a ser torturado sin piedad con el Holocausto de Paracuellos y el amaneramiento del lobby gay que domina y pone en serio peligro la unidad nacional, a toda caña y hasta el cambio de turno. Haciendo bala de mis célebres reflejos, de inmediato saqué mi último cartucho: un As oculto de la manga. Aunque era de ayer, el periódico traía un reportaje estupendo y a todo color, de la vida y milagros de Rafael Van der Vaart y su señora. Para una madridista de pro como la Curri, la reliquia era una oferta irrechazable, así que accedió a desatarme los brazos. Yo protesté, pero se puso en su sitio y me dijo que para liberar el resto del cuerpo de ataduras, era todo oídos. Así pues, opté por una oferta sensata y tentadora. Le ofrecí el politono de Esperanza Aguirre cantándole el Cumpleaños Feliz a Rubalcaba que guardaba en la tarjeta externa de mi móvil y esperé respuesta con mi infalible cara de póquer. Transcurrieron unos seis segundos de tenso silencio. Aunque el ambiente podría cortarse con una catana, esperaba yo un simple sí o un simple no, ingenioso de mí. Sin embargo, la Curri me sorprendió nuevamente con la guardia baja, ni con un sí ni con un no concretos, sino soltándome un nuevo mandoble en el mismo objetivo anteriormente señalado, solo que esta vez lo perpetró a puño cerrado, lo que convirtió mis lamentos en alaridos de corzo herido, de estos que salen en los documentales de la Estepona, allá en el lejano Amazonas, donde el horrendo calamar africano ataca en solitario a mamíferos de mucho mayor tamaño y movimientos más rápidos e imprevisibles, a base de cuidada planificación, sagaz estrategia y denodada atención al descuido del feroz enemigo, siempre bajo el encarnizado respeto a las leyes de la supervivencia y acorde a la más elemental ley de la selva; allá donde el tomate cherry posee la innata cualidad de mudar la piel a su conveniencia, para repeler el ataque brutal de la boa de plata, el cochino piropero, el pájaro de mucho cuidado y otras alimañas que garantizan el impecable orden de la cadena alimenticia del sector primario, últimamente tan cruelmente amenazada por la ambición y avaricia leoninas del sector terciario, cuyo presidente de la patronal conocí hace años en una mesa de triles en la Gran Vía, y cuyas ganancias nos fundimos en la compra de una compañía aérea a unos nórdicos que, casualmente, se llamaban todos Olaf, en mitad de una insensata borrachera que alcanzó su apogeo en la tan conocida y transitada sala de recreo para la emancipación personal y grupal de la madrileña localidad de Aranjuez El Conejo de la Suerte, donde puse en práctica mi inolvidable número de la imitación de Feliciano Dialgo y de Cándido Trínquez, el aclamado Ponga el cazo y mire hacia otro lado, estando ambas celebridades presentes en la fiesta -encargados de que no faltaran calimocho y gambas-, y cuya propia felicitación recibida en mis propias carnes jamás olvidaré, y que derivó en... bueno, que tiendo a bifurcarme y claro, más defeca un buey que cien golondrinos y... así que al forúnculo.

Afortunadamente, la Curri se fue a sus cosas, dejándome un terrible dolor en la mandíbula, pero con mis brazos felizmente deliberados. Inusualmente tranquilo -sin duda alguna había sido medicado intravenosamente con nocturnidad durante la noche-, decidí volver a mis estudios y solicité a la biblioteca del Centro un ejemplar del Diccionario de la RAE -pues el mío encontrábase en la estantería de mi celda-, que me trajeron con la celeridad precisa para alegría y regocijo de mi erudita tarea. Tenía ya memorizado hasta la letra "d" y parte de la "iv", de modo que retomé mi estudio conjugando el verbo "divagar".

Andaba yo por la primera persona del imperativo ilegal, cuando alguien entró a la sala, dedicándome una grata sorpresa. Tan pronto la vi, me puse coplero y comencé a cantarle, enterita y poniendo los cuatro sentidos en el estribillo, La chica de ayer, incluso haciendo el punteo subconsiguiente con esas tes palatales que sólo yo consigo entresacar. Ella esperó pacientemente y con los ojos en blanco –sin duda visiblemente emocionada- a que terminara mi función. Tras dos espaciados plás-plás a modo de reconocedor aplauso, obsequiome con su embriagadora voz y marcado acento zambiano:

- Mira, Sergio Dalma: no estoy para perder tiempo. Todo esto ser un montaje. Sólo venir aquí para verte y...

No terminó la frase, cuando yo, aún convaleciente y algo aturdido por la medicación, me crecí, confiado en mis flotes de sex symbol, plantándole la palma izquierda en su nalga del mismo lado:

- Entiendo, déjate de cháchara y ven, y ven y ven, ¡que yo a ti te divago!

Soltome tal hostión con el Diez Minutos que llevaba enrollado en su mano en ya se sabe qué mandíbula, que vi una lluvia de chatarra espacial cayendo desde el estrellado cielo boreal de la Unidad de Megalómanos Atados.

- Las zarpas quietas, merluzo. No ser una loca de baba como tú. Yo ser la señora Mancheva, acceder a este favor y traigo un mensaje para ti de parte de Carlos: Gorka querer verte y no haber manera; ¿acaso tú no leer tus telegramas, idiota?, ¿sólo pensar en lo único?

Seguidamente, me enseñó el mapa con las coordenadas del alta médica y se despidió secamente y en inconfundible zambiano:

- Sbogom, merluzo.

Bien por el dolor mandibular, bien por la resaca de la crisis neuronal recientemente padecida, el caso es que no entendí ni torta de lo que quiso decirme la tan atractiva como malhumorada agresora.

Justo en ese instante, entró la Curri y yo me protegí la mandíbula instintivamente con los brazos:

- Tranquilo, memo. Sólo es el caldito. Pero antes, la medicación.

Sumando cápsulas y comprimidos, conté hasta diecisiete unidades que la enfermera puso en mi lengua pacientemente. Tras recibir la mercancía, me dispuse a introducirla con mi habilidad natural en mi falsa muela del juicio, cuando fui consciente de mi desgracia: con tanto golpe encajado en el mismo lugar, ¡la portezuela se había atascado! ¡Rediós, estaba perdido! ¡Y al menos tenía dentro la farmacia de tres días!

No tuve más remedio que tragar para pasar la celosa revisión de la Curri. Tras enseñarle la oquedad de mi boca al completo, procedió a taparme la nariz imitando una pinza con los dedos y a introducirme el embudo pasacaldos hasta el gaznate. Una vez hube engullido el último grumo de avecrem, la sáfica enfermera puso fin a mi tortura, yéndose a envenenar a otra víctima.

Así me encontraba yo pues. Recapitalizando. ¿Por qué había sido atado?, ¿quién era la zambiana Mancheva?, ¿quiénes son Carlos y Gorka?, ¿se infectaría mi falsa muela del juicio?, ¿cómo iba a solucionar lo de la bisagra de la portezuela en medio de tanto dolor?, ¿cómo dientes se conjuga el verbo divagar? Demasiadas preguntas. Estaba confuso y atolondrado, pero con la cerveza de que me esperaba un gran acontecimiento, mas antes necesitaba imperialmente poner mi cabeza en orden, algo que ni los más prestigiosos psiquiatras del mundo habían conseguido en treinta años, ni siquiera con el recurso de la trepanación intratalamosa. De forma suave y progresista, fui cayendo en un largo e inquieto sueño. No obstante, varios hechos asombrosos que posteriormente relataré con el vigor que merecen, arroparán algo de luz a todo este lúgubre misterio.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Atraco a las cinco y pico

A base de aplicar mi táctica del desgaste, le saqué un fin de semana de permiso al Psiquiatra-Jefe del Bonito Money, bajo el pretexto de proseguir con mi tesis doctoral acerca de El Piñón de Pedrajas y las Psico-Realidades Paralelas del Periodista Rosa. El Tenazas obtuvo una licencia penitenciaria tras su colosal triunfo en el concurso anual de pelar manillas y el Úlcera tenía a su señora en Zamora, en un congreso de verduleras mayoristas. El Gerundio –apodado así en el barrio porque siempre está estorbando-, como de costumbre, no tenía nada que hacer, y le dejamos que viniera porque nos daba pena, a condición de que pasara desapercibido. Un partido taquillero y todos nosotros disponibles. Vamos, que ni pintado.

Llegamos a la nave de piensos porcinos del Polígono de San Cristóbal, donde teníamos camuflado el carro de combate tuneado que nos compramos en Albania. Una vez le pasamos la karcher y lo dejamos libre de impurezas de toda índole, nos pusimos en marcha y paramos a repostar. El Tenazas aprovechó para levantarse del expositor de la gasolinera una cinta de Greatest Hits de la Canción Ligera, original y todo. Anda, que vaya tostón que nos dio y cómo se le pusieron los ojitos cuando sonó en el radiocassette del tanque Bailemos un vals, en la voz de José Vélez. Aguantamos, porque al pobre le recordaba a sus compañeros de celda. Aparcamos en el Carrefour a la primera, con algún que otro problemilla de espacio que resolvimos con nuestra habitual soltura y oficio; esto es, colocando el tanque encima de un Smart, matrícula de La Coruña. Luego hicimos tiempo tarareando al unísono un par de temazos de Perales.

A la cinco y veinte, mandé al Gerundio –que se había presentado motu proprio disfrazado de exhibicionista- a labores de vigilancia, para que estuviera entretenido. Justo cuando acababan de cerrar las taquillas y los aledaños de Zorrilla estaban desiertos, me aproximé con disimulo, no sin antes atizarle por la espalda un mandoble en la nuca a un hincha del Depor que se había quedado rezagado. El ruido que salía del estadio era atronador. Aprovechando la coyuntura, rompí el cristal y metí la pipa por la ventanilla. A los de dentro les grité la célebre frase que acuñé en la Unidad de Megalómanos Atados del Psiquiátrico, y que luego me copiarían Francisco Ríos Pernales, Bonnie and Clyde y El Portugués, entre otros maestros:

- ¡Esto es un atraco, jefe! Si colaboran acabamos en un pispás y cada mochuelo buenas son tortas. En caso contrario igual me pongo nervioso y como no me queda Tranquimazin, a la corta o a la larga cae el burro con la carga y…

Iba a soltar otras paridas persuasivas por el estilo cuando el taquillero –bien por valor innato, bien porque se percató de que olvidé quitarle a la pistola de mi sobrino el puntito rojo del cañón- se lanzó como un poseso a tirarme con saña de la patilla izquierda, mientras repetía:

- ¡Te voy a dar yo, a ti te voy a dar yo atraco, pelele!

Veíame yo perdido y en esto que el Gerundio, en un alarde de lucidez hasta entonces insospechable, sacó una mano del bolsillo de la gabardina y le metió el índice en el ojo al exaltado taquillero, que se retorció de dolor al tiempo que con el ojo sano contemplaba el horrendo espectáculo del gabán entreabierto de mi cómplice.

Una vez vuelto en mí, les ordené echarse a un lado, lo que hicieron con cierto desdén, como si todos los días les atracara una banda seria y organizada como la nuestra. Le hice una perdida al Tenazas, que estaba en trance con una canción muy melosa de Juan Erasmo Mochi, y el tanque arrancó a la tercera. Menudo butrón que preparamos. Los de dentro cambiaron su expresión desdeñosa por una palidez intensa y un tembleque algo excesivo a mi modesto entender. Alarmados por el jaleo, se acercaron unos amables agentes uniformados interesándose por el visible destrozo. Les dijimos que éramos operarios de Embargos El Tanque y debió colar, porque se largaron tan ufanos disertando sobre la persecución de Platini al Atleti.

Recogimos la pasta con celeridad y así, a bulto, se nos antojó algo escasa. Llamé a Suárez por teléfono para que bajara del palco y aflojara un poco más, aunque fuera el rolex, o unos pases para el día del Madrid, que se le habían antojado al Úlcera para la parienta –el pobre había perdido seis piños en el alunizaje y me parecía de recibo complacerle-. Primero me dijo que eso de los atracos lo llevaba Mancebo y que mejor hablara con él. Cuando le dije que si no bajaba echando leches me llevaba a Mendilibar al Aurrerá de Vitoria, que tengo mano, no me notó el farol, porque no había yo acabado la frase y ya estaba él en la taquilla, ligeramente agobiadillo.

- Venga, apoquine, presi, que tenemos cita en la peluquería y caballo que vuela no necesita espuela, y... total, la pasta y un helicóptero destino Alcorcón –enclave que juzgamos idóneo para pasar desapercibidos-.

Cuando se recuperó del shock inicial empezó a largar: que si estoy pelao, que si el Club está canino, que si los acreedores, que si los derechos televisivos, que si el tope salarial, que si por qué no venís otro día cuando hayamos vendido a Asenjo, que si tal y que si cuál… al tiempo que, sibilinamente, iba haciendo acopio del botín y devolviéndolo a su saca legítima. Yo, que soy un tío duro, me quedaba dormido, pero mis compañeros que, si bien atracadores, tienden al sentimentalismo, lloraban a moquillo flojo.

- Bueno, que os invito a café, vemos juntos el partido y pelillos a la mar –dijo finalmente el presi.

Café que por supuesto, pagó el Úlcera, que será un delincuente común, pero caballeroso un rato. Luego nos apretamos varias rondas de combinados, mientras Suárez, que cada dos por tres tenía que quitarse de encima al Gerundio a base de empujones, siguió rajando amenamente con el rollo de las deudas, los años en Segunda, la tradición de las denuncias veraniegas y la visita al Vecindario. Al final, entre lágrimas, nos tocó escotar para paliar los desperfectos del butrón, las rondas de cubatas de importación y las bolsas de snacks de Matutano que pidió el presi de aperitivo. Setenta y cinco euros por gaznate –el Gerundio no aflojó porque no llevaba viruta en la gabardina- más el tanque, que tenía su chance en la chatarra.

Entre abrazos, incontables muestras de afecto y camaradería mutuos, citas para futuros reencuentros y una llantina desmedida, nos fuimos con la fundada sensación de haber hecho el primo y sin blanca, a sentarnos en un banco de Parquesol a ver brincar a los topillos. Quién nos mandará ir a atracar a nuestro propio equipo.

Sin título

- De acuerdo, tío, te dejo el carné. Pero no te olvides, envíame sms con los goles.

Me puse la corbata que mi señora me había planchado y me despedí de ella con un beso en la frente.
Recogí a la rubia en la esquina de su casa y nos fuimos a un polígono industrial. Aparqué entre dos camiones y después de un beso largo me desabrochó la bragueta y comenzó a chupar con interés. Yo sujetaba la corbata con mi barbilla y me dejaba hacer.

Las cinco en punto y de pronto, dos pitidos agudos y estridentes resonaron en mi bolsillo, junto a su cabeza recostada. Del susto, clavó instintivamente sus dientes en mi miembro. El dolor casi hizo que me comiera la corbata.

Volví dos horas después, desencajado, con ella -la corbata- arrugada y sin ganas de nada. Miles de aficionados blanquivioleta nunca olvidarán el gol más rápido de la Liga. Yo tampoco.

Venganza

Levaba tiempo pensándolo. Ésta era su oportunidad. Cuantas veces, en la banda, le habían herido en su orgullo. Aquí nadie se pone en el pellejo de nadie, pero él siempre tragando. Y sus hijos, decir no decían, pero qué pensarían de su trabajo. En apenas segundos todo iba a cambiar. El Kun Agüero rompió el fuera de juego y superó la salida de Alberto. Saltó entonces al verde, y como si fuera el Kaiser Beckenbauer y ante el estupor del respetable, entró elegante al corte, rebañando limpiamente el cuero ante el marco vacío. La policía se lo llevó en medio de la atronadora ovación. Por la noche, los críos le esperaron despiertos. Al día siguiente, en las oficinas del club, a Pucelo le entregaron la carta de despido. Y un emocionado abrazo.

La importancia de llamarse Lewin

No paraba de clavarme esos ojos de pupila diminuta. Ése día no estuvo exigente ni a la hora de la comida. Sentado en el decodificador, como un egipcio, sólo miraba y miraba.

El Pucela comenzó bien, pero sin definir los ataques. Después tiramos mal el fuera de juego y nos cayeron cinco del tirón. Él seguía ahí, impasible, autosuficiente, arrogante. Luego del descanso, otros dos. Total, siete. Siete goles.

Abochornado, pensaba en las mofas y chanzas del lunes en la oficina. Hasta que Lewin saltó del decodificador, se paseó por delante de la pantalla y, burlón, se detuvo ante ella, estirándose sin decoro y meneando los bigotes durante los siete goles insultantemente repetidos, justo antes de regalarse un festín de conejo con verduras. Reparé en ello: en esta ciudad es madridista hasta el gato.

Y tú ríete, minino, que estás capado.

La P

Jamás entenderé por qué mis allegados otorgan mayor relevancia a mis defectos que a mis virtudes. Basta un ligero retraso en cualquier cita para reprocharme; sin embargo, nadie repara en mi pulcra indumentaria, o en mi sofisticado perfume.
Acudí a la cita escrupulosamente puntual. La señora, a la que previamente había adulado con maestría, se mostró receptiva y concentró sus sentidos en mí, lo que no hizo sino aumentar mi repugnancia. Para compensar, acabó pronto y pude proseguir con mi ritual.
Apenas opuso resistencia. Culminé otro estupendo trabajo. Descansé tranquilo, recreándome en cada detalle de mi obra.
Firmé como siempre, grabando en un jirón de su piel ajada esa P que los sabuesos dan tanto valor, con el exclusivo cortaplumas que guarda mi llavero.
Llegué al palco familiar de Zorrilla media hora tarde, como cada domingo. Ganábamos, todo iba bien. Tras el descanso, vacié mis bolsillos sobre la mesa. Mamá, tan atenta siempre que escruta mis actos, espetó el gélido interrogante:

- ¿El llavero?

-¿El del 75 Aniversario?, inquirió papá.

Al poco, gol en Montjuic. Comprendí que nunca se está a salvo.
Una vez consumado el descenso, me personé en Comisaría. Insistieron acerca del significado de la P.

- Puntualidad, exclamé indiferente.